Mostrando entradas con la etiqueta Centro Dramático Nacional. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Centro Dramático Nacional. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de junio de 2014

Los Mácbez


"Los Mácbez" es una adaptación parte de Juan Cavestany del clásico de Shakespeare, que no puede contener mayor actualidad, trasladando la acción a Galicia. Dice Andrés Lima en el programa de mano que "es muy interesante que la Escocia medieval de Shakespeare encaje tan bien en la Galicia de la actualidad". Eso es cierto, de la misma manera que encaja a la perfección en cualquier otro ámbito. No deja de ser una elección, y no una consecuencia inevitable, como se nos intenta presentar.

El problema es que ni se reconoce Galicia ni es fácil rescatar del barullo de esta función el texto de Shakespeare. Traducir un par de párrafos al gallego y que algún actor (sólo los que sepan del reparto) ponga acento no es lo mismo que trasladar un texto a la sociedad gallega. Es inevitable la comparación con el excelente “MBIG” de la Pensión de las Pulgas, tremendamente superior y ejemplo de cómo se debe cocinar lentamente la adaptación de un clásico. Sigue en cartel y es muy recomendable.

Aquí se ve un conjunto muy vasto de ideas, pero poco filtrado. Todo resulta muy chocante, extremadamente visual y, aunque quizá no lo sean, muchas de las decisiones estéticas parecen caprichos del director sin mayor justificación. Tanta luz estroboscópica, disfraces, desnudos innecesarios y mil ocurrencias más consiguen que la atención se despegue de uno de los mejores textos que se han escrito y que el constante y perenne objetivo de Andrés Lima por ridiculizar a la clase política y hacerlo notar al público no le salga del todo bien. Las innecesarias manos con sangre utilizadas en la última escena son otro de los ejemplos de falta de sutilidad y poca confianza en la inteligencia del espectador.

En cuanto al reparto, Javier Gutiérrez se presenta bastante sobreactuado, y comienza su recorrido emocional demasiado acelerado. Conforme avanza la trama tiene que mostrar cierta progresión, lo que soluciona enguarrándose y escupiendo. Esto no consigue sumar fuerza a un personaje, sino que por el contrario elimina todo atisbo de credibilidad y distrae. Por el contrario, Carmen Machi tiene ya de por sí una presencia arrebatadora, y con un leve movimiento llena el escenario mucho más que Gutiérrez corriendo de aquí para allá. Cierto que por el recorrido de los personajes, esta elección resulta acertada, pero es preciso no olvidar que también en teatro a veces menos es más. Aun así, Machi ha de tirar de recursos, no poca inteligencia escénica y saber hacer para levantar su complicado papel entre tanto artificio. El resto de actores cumple bastante bien con el difícil objetivo de construir un mínimo de dos, máximo de cinco personajes por persona, cada cual con su caracterización y cambio de vestuario.

La escenografía es muy atractiva, un cubo blanco cuyo significado puede interpretarse de mil formas y que encaja a la perfección en el montaje. Aun así, podría haberse aprovechado mucho más, y por desgracia la mayor parte de las veces solo se pisa para acceder a la puerta de salida del escenario mientras que la acción sucede en la corbata.

El espectáculo se sostiene por la maquinaria perfecta que es el texto de Shakespeare, y no por una serie de desafortunados condimentos que únicamente incomodan al espectador, sin mostrar justificación. El problema de "Los Mácbez" es la falta de mensaje claro, el desvirtuamiento de la historia provocado por semejante despliegue de recursos técnicos, cuando habría resultado mucho mas terrorífico un simple acercamiento del texto a la realidad de hoy en día aprovechando la complicidad con el público de sus dos actores protagonistas. Menos es más.

Valoración: 2,5/5
“Los Mácbez”, de William Shakespeare, versión de Juan Cavestany. Reparto: Javier Gutiérrez, Carmen Machi, Rebeca Montero, Chema Adeva, Jesús Barranco, Laura Galán, Rulo Pardo. Dirección: Andrés Lima. Duración: 120 minutos.

Teatro María Guerrero, 15 de junio de 2014.

sábado, 11 de enero de 2014

Carlota


Mihura es uno de nuestros mejores autores. Nadie puede discutir la inteligente acidez de su comedia, ni su habilidad para encadenarla con un buen melodrama. Sin embargo, no todo lo escrito por un genio tiene por ello que ser espectacular.

“Carlota”, texto que se representa actualmente en el María Guerrero de Madrid es una comedia policiaca ambientada a comienzos del S.XX. El propio Mihura dijo que su primera intención era escribir una comedia asequible, con mucha trama, y sin embargo llegó a confesar que no sabía realmente qué clase de comedia era había construido finalmente.

El argumento es una especie de fábula parecida al archiconocido “Pedro y el lobo”. La protagonista inventa una serie de argucias para conseguir el interés continuo de su marido y finalmente éstas se vuelven en su contra. El principal atractivo de la obra reside en que es una sucesión de flashbacks que perfilan una historia de la que conocemos primero el final.

Las comedias de Mihura reclaman un esfuerzo adicional por parte del espectador, que no ha de perder detalle de todos los diálogos enrevesados que contiene el texto. Pues bien, ni con la máxima atención uno puede captar ni seguir una historia que termina por ser demasiado enrevesada para lo que realmente contiene, lo que culpa no al montaje ni a la dirección, sino al propio texto en sí. Siempre se ha oído que “Carlota” no es el mejor Mihura, y por algo será.

Es cierto que este montaje en concreto suma al texto diversos elementos muy atractivos. En primer lugar, la introducción proyectada aporta un ambiente cinematográfico muy acertado para este tipo de obra, así como el humo utilizado al comienzo. Sin embargo, termina por ser demasiado y las primeras filas no resultan cómodas.

El vestuario es espectacular, mientras que la escenografía, ambos de Felype de Lima, es arriesgada, juega con las inclinaciones, casi simulando que la casa de los Barrintong se vuelca sobre el patio de butacas. Que las entradas y salidas no se distingan bien por parte del público consigue en ocasiones que la atención recaiga sobre el propio escenario y se coma a los actores, lo que resulta algo disuasorio.

Sin embargo, el principal reclamo del montaje es la vuelta a los escenarios de la actriz Carmen Maura. En cine es estupenda, pero lleva veintisiete años sin pisar los escenarios, y eso se nota. Nunca puede utilizarse como un atractivo para una obra de teatro que su protagonista vuelva tras una ausencia de treinta años a unos escenarios de los que antes tampoco fue muy asidua. Se le nota insegura, con algún tropiezo con el texto y aunque usando muchos matices que aporta la experiencia en cine, con mucha menos soltura que el resto. El reparto está muy bien dirigido de forma coral, todos muy ajustados a sus complicados personajes, consiguiendo que nadie más destaque ni caiga bajo el resto, tarea de interpretación bastante complicada en este caso.

En resumen, “Carlota” es un montaje entretenido, pero de una dirección muy dinámica, con diálogos que van atropellándose entre sí, lo cual añadido a un texto poco claro, termina por confundir al espectador. Aun así, se trata de una forma distinta de ver teatro, con un toque cinematográfico muy acertado y de interpretaciones correctas. Permanecerá en la principal del María Guerrero hasta el 2 de febrero.

Valoración: 2,5/5
“Carlota”, de Miguel Mihura. Reparto: Carmen Maura, Alberto Jiménez, Pilar Castro, Vicente Díez, Pedro G. de las Heras, Natalia Hernández, Jorge Machín, Antonia Paso, Carlos Seguí, Alfonso Vallejo. Dirección: Mariano de Paco. Duración: 120 minutos.

Teatro María Guerrero, 28 de diciembre de 2013.

miércoles, 10 de octubre de 2012

La loba


Interesante historia, mediocre producción. Son las cualidades que describen, según nuestra opinión, el montaje “La loba”, escrita por Lillian Hellman, con versión de Ernesto Caballero, y actualmente en gira. Siendo la primera obra dirigida por Gerardo Vera tras dejar la dirección del Centro Dramático Nacional, nos sorprende negativamente esta pobre versión del clásico interpretado en el cine por Bette Davis.

El montaje trata la historia de una familia de tres hermanos comerciantes a comienzos del siglo veinte, los Hubbard, ansiosos de conseguir por fin el estatus social y económico que, según ellos, merecen. Aunque sobre todo es el retrato de una mujer, Regina, la hermana mayor, la cúspide de la degradación moral, la ambición y la falta de escrúpulos. Es la historia de su sueño, su utopía, un viaje mental que elabora con el único fin de dar, de una vez por todas, sentido a su vacía existencia… un sentido plagado de riquezas, claro.

La protagonista de la historia no podía ser otra que la gran Núria Espert… ¿de verdad no podía ser otra? No le tenemos manía, ni mucho menos. Grabada en la retina para siempre tendremos esa joya que fue “La violación de Lucrecia”, y ojalá nos regale más interpretaciones como aquella que tantos merecidísimos premios le otorgó. Sin embargo, de vez en cuando también se deja ver en otro tipo de joyas, más tirando a bisutería, como aquél “Hay que purgar a Totó” o, por desgracia, esta loba.

No es culpa suya en absoluto. De hecho, sus patinazos suelen ser culpa de la historia o de la dirección, no de sus interpretaciones. De sobra se sabe lo buena actriz que es; nada tiene ya que demostrar. En “La loba”, es amable y cortés cuando ha de serlo, y una verdadera zorra (con perdón) cuando la ocasión lo merece. Es de admirar que con setenta y siete años sea capaz de levantar, casi sin salir de escena, un espectáculo de dos horas.

Aun así, trabajar con Núria Espert, como decimos, no es siempre una apuesta segura. Hace falta algo más. Lo primero, se ha de dirigir bien a los actores, algo que en esta ocasión no pasa, y mucho antes de eso, se han de elegir los correctos. En este caso fallan ambas cosas. El claro ejemplo es observar con tristeza cómo Carmen Conesa intenta contra viento y marea meterse en la piel de una adolescente que no llega a la veintena, sólo porque al director, Gerardo Vera, le dio por trabajar con la Espert. Lo que probablemente sea más triste es que Alexandra (Conesa) es uno de los papeles más creíbles de la obra, a pesar de que su protagonista pase de los cincuenta (muy bien llevados, pero los pasa).

Es una pena que tras la impecable “Agosto”, probablemente el mejor montaje que nunca hayamos visto (y que tardará en superarse), Vera nos deje este mal sabor de boca. Quizá sea porque en aquélla todo fue obra de los propios actores, como él mismo confesó, aunque eso no le dejaría en muy buen lugar.

La versión de Caballero (curiosamente el nuevo director del CDN) tampoco brilla por su claridad. Ofrece momentos demasiado pausados, y otros en los que la información se dispara cual metralla descontrolada, haciendo difícil comprender una resolución dada en pocos segundos, tras veinte minutos sin acción. Esto hace que los principios morales que la obra trata de resaltar se diluyan, y sólo destaquen los más básicos, los que nos recitan los propios actores. Tampoco logramos ver una progresión lógica al comportamiento de su protagonista, sino que sólo la imaginamos. Entendemos por qué hace lo que hace, pero no se llega a ese punto de una manera clara; sólo hay comienzo y desenlace.

El resto de actores (muy buen reparto, eso es cierto) están correctos, aunque casi histriónicos en ocasiones. Entendemos que se ha pretendido provocar una antipatía hacia la familia protagonista, pero eso es un recurso muy fácil. Ejemplos claros son las risas bobaliconas de Leo (Markos Marín) o los chillidos desmedidos de Oscar (Ricardo Joven). Destacan las interpretaciones de Benjamin (Héctor Colomé) y de la sirvienta Addie (Ileana Wilson), a pesar de que su breve papel se embellezca para que, claramente, el público se posicione en un lado de la balanza.

Los aspectos técnicos están muy cuidados y son, eso sí, más que notables. Tanto vestuario como escenografía (ésta a cargo de Vera), así como la técnica del telón casi traslúcido para las vistosas comidas familiares en segundo plano, otorgan algún punto a favor del espectáculo. Asimismo, las dos breves piezas musicales que se ejecutan encajan a la perfección.

En resumen, se trata de un montaje muy pausado, en ocasiones entretenido, en otras lento (no para nosotros, pero es lo que el público comentaba al salir), que se pierde en demasiados derroteros y no logra sacar el partido ni de los excelentes actores que completan el reparto ni de su jugosa historia. De hecho, quizá sea por la historia, y porque da que pensar, que al público le gustará.

Valoración: 2,5/5
“La loba”, de Lillian Hellman. Versión: Ernesto Caballero. Reparto: Núria Espert, Héctor Colomé, Ricardo Joven, Víctor Valverde, Carmen Conesa, Paco Lahoz, Jeannine Mestre, Ileana Wilson, Markos Marín. Dirección: Gerardo Vera. Duración: 120 minutos.
Teatro Gayarre, 6 de octubre de 2012.

viernes, 25 de mayo de 2012

Llueve en Barcelona



 Somos de la opinión de que aunque los montajes teatrales pierden mucho si no se disfrutan en directo, deberían comercializarse en vídeo para quien no hubiera tenido la oportunidad de verlos en su momento. Es una pena que se pierdan con el tiempo, aunque por otra parte, que el teatro sea un arte tan efímero también lo embellece.

Hemos podido rescatar “Llueve en Barcelona”, la producción del Centro Dramático Nacional, de la temporada de 2008/2009 protagonizada por la joven María Valverde, Toni Cantó y Víctor Clavijo. La crítica se portó muy bien con este texto de Pau Miró, aunque a nosotros nos dejara algo fríos, y nos pareciera algo incompleto.

Es una función de personajes al límite. En concreto, se trata de una prostituta, su “chulo” y un cliente (cuya esposa atraviesa una enfermedad terminal) que requiere los servicios de la chica para encontrar consuelo y algún resquicio de la compañía perdida e irrecuperable. Son personas sin esperanza, a las que no les puede ir peor, pero que por fin encuentran ese halo de luz que tanto ansiaban, o algo así…

Mediante escenas cortas, se desgranan las fragilidades de este trío indefenso, habitantes de un mundo consumista, hueco y deshumanizado. Estas inseguridades, para nuestro gusto, están tremendamente desaprovechadas, para lo bien elegidas que están las tres personalidades. Los abundantes silencios y miradas que se utilizan, demasiados, deberían sustituirse por claras confesiones de los protagonistas, desnudándolos emocionalmente en un tour de force interpretativo que queda muy descafeinado.

Los tres actores comprenden, si es posible, los infiernos de sus personajes, pero no los vemos bien construidos al completo. Lali (María Valverde) compone una joven tierna, ingenua, con ganas de aprender. Esas son las características de su personaje, y se aprecian. Lo que sobra son los saltos, los gritos, el correr de aquí para allá para coger cualquier objeto, pues resta credibilidad a su interpretación. Se trata de una prostituta, no de una niña de diez años.

Carlos (Víctor Clavijo) también muestra los celos que requiere su papel, sus miedos ante lo desconocido de la vida, su fragilidad oculta bajo la fiera externa. Falla tanto grito en las discusiones con la chica, pues aunque aumentan positivamente la tensión en algunas escenas, provocan también, sin quererlo, que otras no luzcan lo que deberían.

Quizá el más acertado sea David (Toni Cantó), sin que nos haya parecido nunca un actor que interiorice demasiado sus personajes. Es un personaje basado en la contención, en no querer mostrar su angustia e impotencia por la enfermedad de su esposa ante nadie, en querer encontrar consuelo “educando” a una niña sin oportunidades.

El final no puede ser más amargo, con ese personaje que hasta entonces veíamos honesto e incluso esperanzador para Lali, mostrándose como un monstruo más, dejándose dominar por el poder del lucro y de la posesión, tanto moral como física, lo que tiñe el final de la obra de un pesimismo atroz, sin posibilidad a la esperanza. Es un triste planteamiento, distinto al que acostumbramos, pero totalmente aceptable, faltaba más. Aquí está bien construido, aunque en conjunto quizá le falte algo de metraje al montaje de forma que puedan explicarse mejor las situaciones y se interiorice en mayor medida en el mundo de los personajes, que seguro acabarían dando mucho más juego del que tristemente dan.

Nota: 2,5/5
“Llueve en Barcelona”, de Pau Miró. Reparto: María Valverde, Víctor Clavijo, Toni Cantó. Dirección: Francisco Saponaro. Duración: 70 minutos.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Agosto (Condado de Osage)



 Esta semana venimos a hablar de un montaje muy especial. Lo es al menos para nosotros, por ser, quizá, el mejor que hemos visto nunca. Se trata de la obra “Agosto (Condado de Osage)”, y es también aquélla de la que mayores expectativas nos habíamos forjado, pues conseguimos las entradas hace casi tres meses (cuando ni se había estrenado todavía), y esto suponía un viaje-express a Madrid de un fin de semana sólo para verla.

“Agosto”, dicen, será considerada un clásico de aquí a veinte años. No creo que haga falta tanto tiempo, pues ya ha sido traducida a mil y un idiomas y representada en multitud de países. A Barcelona ya llegó hace unos meses y era el turno de Madrid, con otro reparto, del que nos explayaremos en breves. Por desgracia, la impresionante escenografía imposibilita una gira nacional, y la apretada agenda del CDN (sacan la programación entera del año hacia junio, tres meses antes de empezarla) tampoco ayudaron a que pudiera verla toda la gente que debería. Aun así, es la obra que más tiempo permanece en cartel de toda su programación (más de dos meses). Ahora sólo queda esperar una reposición para la próxima temporada, y desde aquí prometemos que, si es así, no dudaremos en volver a Madrid sólo para disfrutarla de nuevo.

En este caso fue en el Teatro Valle-Inclán de Lavapiés -calle en la que, para los interesados, hay una estupenda librería de teatro (por desgracia escasean) llamada Yorick, en el número 21- el pasado sábado 11 de febrero. La fila elegida era la primera, como no podría ser de otra forma. ¿Que habría sido mejor la fila siete, como piden todos los críticos de teatro? Es posible. ¿Que volveríamos a comprar en la primera? Seguro.

 Pero empezaremos desde el principio. Mientras sube lentamente el telón suena un tema de Eric Clapton y se nos dejan unos instantes para asimilar y terminar de contemplar la obra maestra que supone ya sólo el decorado. Es una casa de tres alturas, con una sólida estructura y férreas escaleras que la recorren. Cada piso tiene, aproximadamente, dos habitaciones, salvo la planta baja, donde se sitúa la cocina, un enorme salón-comedor y otra sala de estar. Ahí es nada…

Comienza el texto con un amargo prólogo de un personaje al que no volveremos a ver hasta el saludo final: el patriarca de la familia, Beverly Weston (Miguel Palenzuela). Su desaparición obligará que toda su familia acuda a la casa para reunirse con su mujer Violet (Amparo Baró), enferma de un cáncer de boca que agria, si cabe, aún más su carácter de mujer, digamos, poco dócil.

Aunque los cimientos de la casa, como decimos, sí sean sólidos, no lo parecen los de la familia que la habita. Siendo lo primero que proyecta Amparo Baró a su ficticio marido un descarnado “hijo de puta”, observamos que, por muy drama que vaya a ser el montaje, nos veremos recompensados de vez en cuando con un ligero toque de humor. En ese sentido, la cantidad de improperios que los personajes van soltando al cabo de las casi cuatro horas de montaje son de agradecer, pues es tal la cantidad de circunstancias agónicas las que rodean a esta familia y que nos azotan en la cara, que logramos respirar e incluso sonreír cada vez que algún personaje suelta un taco con una mínima gracia.

 En la casa se presentan las tres hijas de la pareja, dos de ellas con sus respectivos acompañantes, y la hermana de Violet con su esposo y su hijo. También juegan un papel importante la nieta de Beverly y Violet y su criada india, Johnna, quien hace alusión al poblado de Osage, indios originarios de los Estados Unidos. Una de las tres hijas de Violet, Barbara, será con quien más choque la madre (no penséis que se salva ningún pariente), y nos deleitan con escenas realmente antológicas. Barbara, como no podría ser de otro modo, está interpretada magistralmente por Carmen Machi, probablemente una de las mejores actrices de su generación, que va mejorando con cada papel que hace. Tuve ocasión de ver la impresionante “La tortuga de Darwin” y en un trimestre podremos ver su nuevo monólogo, escrito por del Arco, “Juicio a una zorra”.

No queremos desvelar nada más de la historia, pues seguro que tras ésta, se sucederán multitud de versiones y montajes distintos que le rendirán homenaje, y a alguno seguro tendrán los (improbables) lectores ocasión de acudir.

El espectáculo, según Vera, debía presentarse profundamente hondo y profundamente americano. Se nota el modo de vivir de una familia americana a la perfección, a pesar de que la historia puede trasladarse sin problema a cualquier familia del planeta. Es cierto que lo que ocurre en el montaje es exagerado en su conjunto (a la familia le pasan todas las desgracias que podrían sucederse en una familia mal avenida), pero no así en sus partes. Se hace complicado, de hecho, escapar de la idea de que, en ocasiones, los personajes están hablando de ti mismo. 

 La dirección actoral es perfecta, aunque ya comentó Vera que con un reparto así lo más eficaz era dejarlos hacer. Este reparto está encabezado por, como hemos dicho, Amparo Baró, a la que le sigue su hija ficticia y fiel heredera de su “fortuna” y carácter, Carmen Machi (Barbara). Lo que hacen estas dos mujeres en el escenario, y la facilidad de esta última para pasar de una escena con el drama más profundo a otra, tras un brevísimo oscuro, mucho más ligera, es impresionante. Y por si fuera poco, en ese oscuro de segundo y medio (y esto es algo que pude ver por estar en primera fila…) fue capaz de correr a la mitad del escenario y recoger una pinza del suelo. Se trata del mejor duelo interpretativo que he tenido la suerte de presenciar encima de unas tablas, y aunque no haya sido posible que entraran en esta edición de los Premios Max, seguro estoy de que a los organizadores no se les olvidará este montaje a la hora de premiar a las mejores actrices españolas el curso que viene.

El resto del reparto no desmerece en absoluto. Alicia Borrachero compone una excelente Ivy, Clara Sanchís brilla con luz propia, Sonsoles Benedicto vuelve a demostrar su extensa experiencia sobre un escenario, e Irene Escolar continúa forjando una carrera sobresaliente con apenas 23 años (su siguiente parada será “De ratones y hombres”, bajo la batuta del incombustible Miguel del Arco). El resto de intérpretes, en su mayoría masculinos, crean sus personajes de manera excepcional. Ninguno sobresale porque lo bordan todos. 

 Es, sin duda alguna, una obra de mujeres, y queda patente el tremendo conocimiento que el autor del texto, Tracy Letts, tiene sobre el mundo femenino. Parece que está hablando de su madre real, sus hermanas reales, su hija real, y es lo que más atractivo hace a este montaje: Está excepcionalmente escrito.

Asimismo, es una obra con la que Gerardo Vera, su director, ha cumplido con creces su no fácil objetivo (de hecho es el objetivo de todos los directores e intérpretes que existen, y generalmente, no suele cumplirse nunca) de que la persona que entra en el teatro sale no siendo otra, pero sí viendo el mundo que le rodea desde un prisma distinto. Él mismo lo dice: “lo que muestra Agosto es doloroso, pero al mismo tiempo es también esperanzador, porque quiere decir que las cosas van sucediendo, y a la larga, van mejorando, aunque nos metamos en ese pozo de amargura”.

Habría mucho más que hablar de este montaje. Mucho nos queda en el tintero, y prueba de ello es su extensa duración. Son tres horas y cuarenta y cinco minutos que no te permiten ni pestañear. Yo miré el reloj varias veces (malo, diréis, pero no), porque deseaba que, como fuera, las horas no acabaran.



Nota: 5/5
"Agosto (Condado de Osage)", de Tracy Letts. Reparto: Amparo Baró, Carmen Machi, Alicia Borrachero, Markos Marín, Miguel Palenzuela, Irene Escolar, Clara Sanchís, Sonsoles Benedicto, Gabriel Garbisu, Antonio Gil, Chema Ruiz, Abel Vitón. Dirección: Gerardo Vera. Duración: 200 minutos más intermedio.
Teatro Valle-Inclán, 11 de febrero de 2012.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Yo, el heredero


Esta semana toca hablar de un montaje del Centro Dramático Nacional, al que cada vez tenemos más “aprecio” (hemos conseguido entradas para ver la tan ansiada “Agosto (Condado de Osage)” el sábado próximo y también hablaremos de ella en unos días). Se trata de aquella con la que abrieron la presente temporada, en el caluroso septiembre del María Guerrero. 

Pudimos disfrutar de “Yo, el heredero” el pasado viernes 3 de febrero en el, como casi siempre, Teatro Gayarre de Pamplona.

“Yo, el heredero”, de Eduardo de Filippo, es una crítica feroz a la burguesía, representando a un pueblo harto de abusos de poder por parte de las clases privilegiadas. Cuenta, de hecho, una historia real: Un periodista, amigo del autor del texto, fue despedido de su trabajo por su posición antifascista. Eduardo lo acogió en su casa, y cuando el primero falleció, otro periodista solicitó al dramaturgo ocupar su lugar.

El que la historia fuera un hecho real lo hemos descubierto hace poco y ha sido ciertamente inesperado, pues la historia está contado desde el absurdo más hilarante y hace que veamos como imposibles los hechos que cuenta. 

Ludovico Ribera, magistralmente interpretado por Ernesto Alterio, es un misterioso personaje que aparece en casa de una familia burguesa, reclamando la herencia de su padre, que vivió con éstos durante 37 años. No se trata de una herencia material, pues su padre no tenía nada de capital, sino de la sentimental. Ludovico pretende recoger los frutos de todo cuanto sembró su padre. Si éste se sentaba en un sitio especial en la mesa, nuestro protagonista no permitirá que nadie de la familia ocupe dicho sitio… y así con todo. Gracias a estas ocurrencias tan absurdas, se presentan situaciones que no te permiten ocultar la carcajada, durante la hora y cincuenta minutos largos de función. 

Es una sofisticada venganza llevada a cabo por un hombre completamente convencido de que esta familia en cuestión ha arrebatado a su padre, con su “caridad cristiana”, la posibilidad de prosperar en la vida e, incluso, de hacer una fortuna. De ese modo, Ludovico utiliza los defectos de los personajes para ir introduciéndose sutilmente en una familia en la que todo, aparentemente, funcionaba como la seda.

El texto reivindica principalmente el valor de la libertad de cada ser humano, y la importancia para el hombre de encontrar y perfilar su propio camino.
Se nota que el escritor del texto, de Filippo, era también actor, pues los diálogos están pensados no tanto para contar una historia, sino para el lucimiento actoral y para que las frases, ante todo, suenen de la forma más natural posible.

El trabajo actoral es excelente. Concha Cuetos está magistral, si bien se nota que no es la cuarentona de “Farmacia de guardia”, sigue con sus 68 años al pie del cañón, algo que ya le gustaría a muchas otras. Muy bien Rebeca Matellán, comedida al comienzo y desbocada en el desenlace, obedeciendo al protagonista. Y en cuanto al mismo desbocamiento, quizá sea algo excesivo el de José Manuel Seda, de tal modo que en momentos de mayor intensidad en el montaje, no se nota tanto cambio en su carácter, cuando ciertas escenas deberían suponer un gran cambio en su comportamiento. El resto de secundarios quizá tienen papeles menos lucidos, pero en conjunto, la obra está muy bien interpretada.

Tanto decorado como vestuario son perfectos para la época y el contexto en que se sitúa la obra, por lo que no puede criticarse mucho más, a nuestro parecer, a este montaje tan redondo. El mensaje de la obra puede ser más o menos discutible (el concepto de la caridad puede ser malo para quien es acogido por ella), pero lo que es indudable es que se plantea desde un punto de vista más que válido y argumentado, además de convertirlo en una agradable comedia, algo todavía más complicado si cabe. Si encuentran este montaje cerca de su ciudad, no duden en disfrutar de él. 

Éstas son sus próximas actuaciones:
-Sevilla: Del 8 al 12 de febrero.
-Córdoba: 17 y 18 de febrero.
-Alcalá de Henares – 25 y 26 de febrero.
-Pontevedra – 1 de marzo
-Vigo – 2 de marzo.
-Puerto de Santa María – 10 de marzo.
-Móstoles – 17 de marzo.
-San Sebastián de los Reyes - 24 de marzo.
-Santander – 13 y 14 de abril.
-León – 15 de mayo.
-Oviedo – 18 y 19 de mayo.


Nota: 4/5
"Yo, el heredero", de Eduardo de Filippo. Reparto: Ernesto Alterio, Fidel Almansa, Concha Cuetos, Rebeca Matellán, José Manuel Seda, Beatrice Binotti, África García, José Luis Martínez, Mikele Urroz, Yoima Valdés. Dirección: Francesco Saponaro. Duración: 115 minutos.
Teatro Gayarre, 3 de febrero de 2012.

jueves, 29 de diciembre de 2011

El Centro Dramático Nacional y sus montajes



Si existe una organización española de teatro que, para nosotros, merezca un homenaje este año es sin duda el Centro Dramático Nacional. Su temporada acaba de comenzar como quien dice (septiembre), pero ya ha cosechado más de un éxito en lo que llevamos hasta ahora. Es la calidad compartida entre interpretación, dirección, escenografía, textos y una buena gestión la que asegura un éxito más que merecido en casi todos los montajes que nos va presentando.

Avisamos que aquellos montajes que no aparecen en esta entrada no lo hacen por cuestiones estrictamente subjetivas basadas principalmente en aquello que hemos leído por la red. 

La primera de estas obras fue “Yo, el heredero”, de Eduardo de Filippo y protagonizada por Ernesto Alterio y Concha Cuetos, entre otros. Actualmente, se encuentra en gira por toda España, y pronto podremos ofreceros la crítica desde este mismo blog.

Tras ella, vino “ProtAgonizo”, en la Sala Princesa del María Guerrero, un estupendo monólogo interpretado, dirigido y escrito por Ester Bellver. Más tarde, “Contracciones” tomó el relevo, después de haberse interpretado por más de un teatro, con aplauso general de crítica y público por su tema controvertido sobre las entrevistas de trabajo que, en ocasiones, propasan lo meramente profesional.

Los dos montajes más exitosos hasta el momento son, sin duda, los siguientes: “Münchhausen”, de Lucía Villanova, que acaba de terminar su andadura por el Valle-Inclán; y “Agosto (Condado de Osage)”, que estará en el mismo teatro hasta el próximo 19 de febrero y del que quedan ya pocas entradas. 

Esta obra, de la que también podremos ofreceros una crítica en los próximos meses, supone el regreso a los escenarios tras 12 años, y probablemente su última incursión en ellos, de la gran Amparo Baró, que protagoniza una comedia negra dramática coral de casi cuatro horas de duración, con antológicos duelos entre su personaje y el de otras grandes como Carmen Machi, Sonsoles Benedicto, Irene Escolar o Alicia Borrachero.
 
Encarando enero, no parece que el CDN vaya a tener ningún problema con no dejarnos indiferentes, pues será el estreno de dos nuevos montajes muy jugosos.

El primero, para el próximo 13 de enero, es “La mecedora”, de Jean-Claude Brisville, interpretada por Daniel Muriel, Eleazar Ortiz y Helio Pedregal, y permanecerá en la Francisco Nieva del Valle-Inclán hasta el 19 de febrero. 

El segundo no es nada menos que el clásico “Luces de bohemia”, de Valle-Inclán, que surcará las tablas del María Guerrero desde el 20 de enero hasta el 25 de marzo. Dirigida por el siempre excelente Lluis Homar, cuenta con un multitudinario y lujoso reparto, entre el que se encuentran figuras como Fernando Albizu, Jorge Bosch, Gonzalo de Castro, Isabel Ordaz o Miguel Rellán.