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lunes, 4 de agosto de 2014

Las dos bandoleras



“Las dos bandoleras” es uno de los textos menos conocidos de Lope de Vega, y el cierre de temporada de la Compañía de Teatro Clásico, tras la que se ha embarcado en una gira por los festivales de teatro clásico que pueblan España durante los meses de verano, como el de Almagro o el de Olite, que se ha encargado de clausurar.

La trama es, de partida, atractiva y atrevida para una época en la que la mujer no salía muy bien parada (aunque Lope siempre fue en sus obras fiero defensor de la figura femenina). Dos jóvenes chicas caen rendidas ante los encantos de dos soldados que, tras conseguir intimar con ellas bajo promesa de un futuro matrimonio, las dejan a su suerte, deshonradas y sin prometido. Para recuperar la honra, y por no hacer a su padre partícipe de su desgracia, optan por exiliarse y aniquilar como venganza a todo hombre que se encuentren por el camino.

La premisa se presenta entretenida, pero el texto no le acompaña. Si se trata de uno de los textos menos representados de Lope, quizá sea por algo. Por mucho que sea uno de nuestros mayores referentes, todo humano tiene sus momentos álgidos y bajos, y en este caso las rimas no resultan en absoluto agradables al oído y cuesta en exceso seguir los diálogos. Si aun así la adaptación del texto fuese resultona, conseguiría en parte salvarse, pero resulta bastante discutible la elección de entremezclar otro texto poco conocido del mismo autor y de parecido hilo (repetimos la jugada) para ver si entre ambos se consigue realzar la historia.

El espectáculo no funciona, y resulta más chocante viniendo de gente tan experimentada e inteligente como Marc Rosich y Carme Portacelli, que nos regaló hace un par de temporadas uno de los montajes más estremecedores que se han visto últimamente (“Nuestra clase”).

Las interpretaciones están más o menos (no todas) a la altura del texto, lo cual no es bueno. No se observa una compañía cohesionada, aunque sí mucho trabajo y el bagaje que da haber sido representada ya en muchas ocasiones. Por un lado, Macarena Gómez presenta poca articulación en el verso y poco recurso dramático (como si su Teresa no tuviese ningún tipo de progresión, y sólo estuviese o en calma o encabronada, sin intermedios). Carmen Ruiz se maneja mejor con el verso, y pone su empeño en hacer más reconocible y actual un texto complicadísimo, pero tampoco termina por funcionar.

Destacan las interpretaciones de los protagonistas de la historia paralela (sorprendentes Gabriela Flores y Llorenç González como Leonarda y Don Carlos), aunque sus intervenciones dan la constante impresión de que pintan bastante poco y no son capaces de aportar mucho. El resto del reparto (Helio Pedregal, Álex Larumbe, David Fernández, David Luque y Albert Pérez) rinde con corrección ante una historia de personajes poco lucidos. Es una pena no verlos representar otro montaje que les dé alas en lugar de frenarlos, pues seguro que el resultado sería mejor.

La escenografía resulta cuando menos sorprendente y representa, para variar, otra traba más al desarrollo de la acción. Tanto el suelo en cuesta como los tres mazacotes amarillos, más que aportar, dificultan la tarea de levantar el espectáculo. Sumando la lluvia que amenazaba constante con suspender el espectáculo ya comenzado, la atención recaía sobre cómo se desenvolvían los intérpretes ante tantísima dificultad en lugar de sobre el texto, dando la sensación de gymkhana, más que de una obra de teatro.

El montaje, aunque largo en exceso debido a la discutible adaptación, resulta por momentos entretenido gracias a la sucesión rápida de escenas, las complicadísimas y muy bien resueltas peleas de espadas, y la comicidad que aportaban tres de los personajes masculinos.

Valoración: 2/5

“Las dos bandoleras”, de Lope de Vega. Reparto: Carmen Ruiz, Macarena Gómez, Helio Pedregal, Gabriela Flores, Llorenç González, David Fernández “Fabu”, David Luque, Álex Larumbe, Albert Pérez. Dirección: Carme Portacelli. Duración: 130 minutos.
Festival de Teatro Clásico de Olite, 2 de agosto de 2014.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Nuestra clase



Ayer pudimos disfrutar de uno de los eventos teatrales más importantes, según nuestro punto de vista, de la temporada actual. Se trata de la obra “Nuestra clase”, dirigida por Carme Portacelli a partir de un texto del polaco Tadeusz Slobodzianek. Nos referimos al disfrute teatralmente hablando, pues la historia que se nos presenta es una de las más crudas vistas sobre unas tablas.

En 1941, mil seiscientos judíos fueron quemados vivos en un granero de la localidad de Jedwabne, en Polonia. Se culpó en un principio al movimiento nazi, aunque más tarde se descubrió que fueron los propios vecinos polacos y compañeros de las víctimas los autores de la masacre.

La obra cuenta, en primera persona, y de mano de diez estupendos actores (cinco ejercen de polacos y cinco de judíos), la historia real del acontecimiento, cómo empieza todo a partir de una rabieta de críos, y cómo el odio despertado lleva a los hombres a convertirse en bestias y depredadores, los unos contra los otros.

Es el odio (y lo que conlleva) el tema central que extraemos de este fantástico montaje. Nos enseña, a partir de una historia real llevada al extremo, cómo incluso en la vida actual los amigos de toda la vida pueden, de un día para otro y por la razón más ínfima, convertirse en enemigos a muerte. Es eso lo que entendemos nosotros cuando vemos cómo los intérpretes ascienden al escenario desde el patio de butacas. Cualquiera de nosotros podríamos haber vivido esos acontecimientos. No se trata de algo lejano, ni en tiempo ni en lugar, a nuestras vidas diarias.

Supone un gran acierto introducir unas pizcas de humor que destensen momentáneamente la gravedad de lo que se cuenta. Tiene la función escenas antológicas, que hacen al propio espectador sentirse incluso incómodo en ocasiones de extrema intensidad. El momento en que los actores pasan a bailar como poseídos imprime el sentimiento de ser marionetas o juguetes rotos, dominados por un sentimiento, fanatismo o convicción que acaba siendo superior a ellos mismos y consigue finalmente dominarlos.

Por otra parte, el final que muchos recibirían con alegría, no puede resultar más trágico para nosotros. Se trata de la amistad perdida, la que poblaba las mentes de los pequeños personajes, todos amigos de todos, en esa foto que imaginamos, y que debería haber sido la imagen definitoria del transcurso de sus vidas y que finalmente no lo fue.

El espectador no logra moverse de la butaca (al menos nosotros) ante tal despliegue de recursos interpretativos. Ni un solo actor sobresale por encima del otro, y todos realizan un ejercicio espléndido. Todo ello ayuda a que la historia, lo realmente importante, llegue al público de una forma más directa, algo que requiere mucho valor por parte de Portaceli, quien podría haber optado por otros derroteros y decide encarar la historia e imprimirla tal cual.

También es impecablemente eficaz el alto grado de poesía que cubre como un velo la función. Cada gesto, mirada, paso, y un largo etcétera, significan algo, y no hay nada que pueda resultar incomprensible al espectador. Siempre puede obtenerse alguna explicación a todo el simbolismo, aunque sea distinta la versión de cada uno y todas ellas resulten válidas, algo que consideramos una maravilla.

La coreografía, diseñada además por uno de los actores, nos parece también de lo más acertada. La precisión con que se presenta, por otra parte, es espectacular. Esto resultaba de lo más evidente al saltar los actores de las mesas al suelo, completamente al unísono, independientemente de cuántos lo hicieran, lo que requiere un gran estudio y un mayor poder de concentración y entendimiento entre los intérpretes.

Es una lástima que la opinión que mostramos no fuese extensible a la mayoría de los asistentes. Muchos no entendieron que el descanso era tal, y pensaban que se había llegado al final de la obra. Otros directamente optaron por irse.

Estamos acostumbrados a observar una clara y triste línea que define los montajes que logran salir de gira. Suelen ser obras comerciales, sencillas de comprender. No con ello dejan de ser buenas, ni mucho menos, pero sí que han de ser cercanas al espectador. No deben ponérselo difícil. “Nuestra clase” es todo lo contrario, pues hace que se salga del teatro con sentimientos encontrados, te enseña a observar con calma, a entender el silencio, y consigue que la historia te ronde la cabeza días y días. Una maravilla que por nada del mundo se debería perder ningún espectador con ganas de pensar.

Nota: 4,5/5
“Nuestra clase”, de Tadeusz Slobodzianek. Reparto: Jordi Brunet, Ferrán Carvajal, Roger Casamajor, Lluïsa Castell, Isak Ferriz, Gabriela Flores, Carlota Olcina, Albert Pérez, Jordi Rico, Xavier Ripoll. Dirección: Carme Portaceli. Duración: 170 minutos más intermedio.
Teatro Gayarre, 15 de mayo de 2012.