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sábado, 27 de julio de 2013

La dama duende


Hace algo más de un mes nos dejó quien siempre será uno de los mejores directores de escena que ha dado el mundo del teatro en España. Se trata de Miguel Narros, profesional de trayectoria intachable. Catedrático de la Real Escuela de Arte Dramático y Premio Nacional de Teatro en dos ocasiones, además de multitud de otros premios en su haber. Fue director de más de cincuenta obras profesionales, siempre poniendo en pie a los dramaturgos más importantes de la historia. Claros ejemplos son Lorca (“Yerma”, 2012; “Doña Rosita la soltera”, 2004), Chejov (“Tio Vania”, 2002; “Las tres hermanas”, 1960), Miller (“Panorama desde el puente”, 2000), Shakespeare (“Sueño de una noche de verano”, 1986; “El Rey Lear”, 1967) o Strindberg (“La señorita Julia”, 1961), entre muchos otros.

Sin saberlo, nos ha dejado un legado precioso, de nuevo mostrando qué era lo que mejor sabía hacer. Hace escasos meses se estrenó “La dama duende”, de Calderón de la Barca. Narros ha acertado en multitud de ocasiones, aunque también falló en muchas otras. No es cuestión de, innecesariamente, ensalzar una figura que por sí sola permanecerá como un referente teatral (pero los referentes siguen siendo humanos, con éxitos y fracasos). Lo mismo pasa con este clásico; tiene sus puntos fuertes y sus flaquezas.

Por suerte, “La dama duende” es un montaje que gustará y que, como queda apuntado, servirá como despedida. Se trata de una divertida historia de amor encuadrada en el subgénero de capa y espada. No es, por tanto, ni la mejor ni una obra al uso de Calderón (sería apenas un año después cuando magistralmente trazó “La vida es sueño”), pero sí que son reconocibles esos densos versos que esconden mucho más de lo que dicen, y ya de por sí no cuentan poco. Quizá lo más curioso de esta pieza es el intercambio de papeles en el cortejo. Esta vez es la dama “invisible” quien va enamorando al caballero, y no al revés, llegando a pensar éste que se trata de un duende que se cuela en su habitación a dejarle mensajes.

El principal problema de la producción es el largo metraje. Son dos horas y media largas para contar una historia bellamente escrita, pero que no pasa de ser un ligero cuento de amor entre dos personas que no se conocen. Es honroso el mérito que conlleva ser escrita a comienzos del S.XVII, pero por muchas visiones ocultas que se busquen al texto para ensalzarlo (enfrentamientos entre hermanos, encerramiento casi monjil de la dama, la oscuridad general, etc.), la trama no encierra más.

Vestuario y escenografía son correctos, sin que nada resalte en exceso, pues a lo que quiere darse importancia es claramente al verso y a los actores. El reparto es muy solvente, salvo en contadas ocasiones. A la dama, Doña Ángela (Palazón) le cuesta arrancar, y tiene ciertos problemas de voz en comparación con sus partenaires, si bien también influye que el resto clama el verso a un volumen innecesariamente alto, como marca últimamente la tradición. Hay que esforzarse porque cada sílaba llegue al espectador, cierto, pero no es la única solución la de gritarlo. Aun así, en un cuento de personajes tan histriónicos y exagerados, no resulta molesto un tono más elevado, si bien hay que cuidar que el equipo sea compacto en ese sentido.

Excelente el Don Manuel de Chema León, defendiendo un texto que pocos actores podrían aprenderse y comprender tan bien, aportándole ese toque bobalicón y enamoradizo; y sublime y divertidísimo el Cosme de Iván Hermes. Gracioso, pero mucho más forzado el Don Luis de Marcial Álvarez, que a pesar de ello, gustó y gustará allá donde vaya. Y excepcional por último la Isabel de Mona Martínez; así se construye un papel secundario. Si un papel está bien escrito y se defiende como debe, no importa que sea pequeño, pues se deja ver, y mucho.

En septiembre, el montaje tendrá la parada que merece en el Teatro Español. Se plantea como un homenaje al que fue director del mismo edificio en dos ocasiones, pero es cierto que la calidad del montaje y del reparto lo merece. Se nota que el director pidió a los actores para esta obra la vida que él mismo veía que se le marchaba, y lo consiguió. Recomendable.

Valoración: 3,5/5
“La dama duende”, de Pedro Calderón de la Barca. Reparto: Chema León, Iván Hermes, Diana Palazón, Marcial Álvarez, Mona Martínez, Emilio Gomez, Eva Marciel, Paloma Montero, Antonio Escribano. Director: Miguel Narros. Duración: 155 minutos.
La Cava, Festival de Teatro Clásico de Olite, 24 de julio de 2013.

viernes, 10 de mayo de 2013

A cielo abierto


Teatro que refleja la sociedad y las inquietudes de los ciudadanos. Es aquello a lo gran parte de la cartelera debería aspirar, a ser un reflejo de las situaciones cotidianas y de aquéllas que no lo son tanto, de las preocupaciones de una persona normal, para que pueda verse reconocida en parte a través de lo que se le muestra. Un claro ejemplo de este teatro comprometido es “A cielo abierto” (Skylight), la última incursión en las tablas del maestro Josep Mª Pou.

Pou, quien ya había interpretado el protagonista de este montaje hace una década, ha acertado al retomar, esta vez también dirigiendo, el estupendo texto de David Hare, el cual disecciona no sólo lo que queda de aquella pareja que una vez a escondidas se quiso, sino sus creencias y pensamientos más definitorios, los que definen a cualquier persona y nos hacen ser diferentes los unos de los otros, o eso parece.

Es la cercanía con que se nos cuenta y lo reconocible que resulta todo, a pesar de estar situando la acción en Londres, lo que hace que “A cielo abierto” esté girando por España con tanto éxito y lleve representándose durante más de un año. Al fin y al cabo, habla de personajes reales, de inquietudes sociales y palpables que superan cualquier barrera territorial. Como pequeño reproche, es casi imperdonable que teatros de la importancia del Bretón (Logroño) y el Gayarre (Pamplona) sólo programen una función de tan atractiva propuesta.

Tom, un rico empresario y dueño de una importante cadena hostelera, enviuda tras la larga enfermedad de su mujer, tras lo que visita a su antigua y amante, Kyra, a quien empleó en su restaurante cuando ella llegó por primera vez a Londres. Se convirtió en parte de la familia y entre ambos nació una relación prohibida que, tal y como ella había prometido, se rompería en cuanto la mujer de Tom se enterase.

Es importante recalcar que para nosotros no es la antigua relación de ambos lo importante del espectáculo. Es sólo aquello de lo que se sirve el autor para desenredar un inocente al principio, muy tenso conforme avanza, debate político entre ambos personajes. Kyra, de ideas progresistas, se ha convertido en una profesora de jóvenes con problemas sociales, mientras que Tom, de pensamiento conservador, es completamente opuesto a ella.

El montaje lanza diversas cuestiones al público, sin que claramente se perciban. ¿Hasta qué punto la política marca nuestras vidas? ¿Existen realmente escrúpulos en ciertos modelos políticos? ¿Se trata de política o hablamos de valores fundamentales de cada persona? ¿Es posible que dos personas con pensamientos tan opuestos puedan convivir e incluso mantener una pacífica relación sentimental? ¿Nos ponemos en el lugar del otro lo suficiente como para llegar a comprender (no necesariamente compartir) su forma de pensar y así llegar a un mínimo entendimiento?

El autor, claramente posicionado en un bando, construye sin embargo una batalla interesantísima, con sus altos y bajos, e intentando dar a cada contrincante el mismo número de oportunidades y razonamientos, algo complicado cuando el autor parte de un pensamiento concreto. Sólo el hecho de que la acción se desarrolle en la casa de uno de los dos es un símbolo de posicionamiento. Sin embargo, lo consigue, y con nota, y posee además una capacidad pasmosa para captar la atención del público y no soltarla hasta el fin del asalto. Es tremendamente difícil escribir una obra de teatro de dos horas con, principalmente, dos personajes, sin que al espectador le resulte tedioso por momentos.

Hay un análisis distinto de la obra, e igual de válido, que defiende que más allá de las filosofías políticas de cada uno, es el rencor lo que impide amarse a esta pareja, la incapacidad para perdonarse y comenzar de cero. Ambos, a pesar de que sólo Tom se recrimine esto a Kyra, comparten un inmenso acto de negación y estrechez de miras definitorios, lo que imposibilita el entendimiento entre ambos.

Probablemente por la importancia que se da a la sobresaliente batalla entre los dos protagonistas, las escenas con el hijo de Tom (que abren y cierran el montaje) son casi prescindibles, si no fuera porque es el encargado de explicar a Kyra la situación actual de Tom. Sin embargo, no tiene demasiado sentido, si por otra parte en el resto de la obra somos tan extremadamente reales y nada exagerados, que el mismo día en que el hijo decide visitar por primera vez a Kyra tras años sin verse, irrumpa en el mismo escenario el padre, sin conocimiento del previo encuentro. Además, el final queda ligeramente entreabierto, algo que no termina de convencer, pero que no deja de ser una elección del autor.

El trabajo actoral es realmente delicioso de contemplar y un regalo para los sentidos. Pou construye un personaje completamente creíble, e incluso logra aportarle cierta comicidad, sin la que probablemente el personaje caería antipático desde el principio y el público podría de partida posicionarse en su contra. Poza, quien por desgracia no se prodiga tanto por las tablas, interpreta siempre sus personajes desde la realidad más absoluta. En este caso, por cuestiones ajenas a la obra, sabemos que las ideas de Kyra son también las suyas, por lo que es más fácil para ella poder defenderlas; aun así, aunque su bando fuera el opuesto, siempre es una experiencia verla actuar tanto en televisión, cine o teatro.

Tanto el elegante decorado como el correcto uso de la luz ayudan al espectador a centrarse en lo que debe en cada preciso momento, a la vez que se utiliza para mantenerlo despierto con bruscas pero atractivas sorpresas.

Se trata por tanto de un montaje estupendo, tanto exteriormente como en las tripas, y de un realismo brutal (como curiosidad, incluso se cocina en el escenario, algo que hasta ahora sólo habíamos visto en “Shirley Valentine”). Un verdadero tour-de-force actoral que cualquier amante del teatro debería disfrutar.

Valoración: 4/5
“A cielo abierto”, de David Hare. Reparto: Josep Mª Pou, Nathalie Poza, Sergi Torrecilla. Dirección: Josep Mª Pou. Duración: 120 minutos más intermedio.
Teatro Gayarre, 5 de mayo de 2013.





viernes, 5 de abril de 2013

Otro gran teatro del mundo



Aprovechando su regreso a la cartelera madrileña este fin de semana, conviene hablar de un montaje que pudo disfrutarse hace unos meses en el Pavón, sustituyendo a la ya emblemática “La vida es sueño” (de la que pronto hablaremos). Se trata de “Otro gran teatro del mundo”, adaptación infantil de la obra de Calderón que, curiosamente, compartirá cartel en las Naves del Español con la original. Interesante idea que propone el Español y que el público debería aprovechar.

Uroc Teatro ha vuelto a enfrascarse en esa hermosa, y complicadísima en ocasiones, aventura que debe suponer el adaptar uno de nuestros clásicos para los más pequeños. En este caso además cobra especial importancia la música; de hecho, la función se encuadra en la categoría de “musical infantil” sin problema -tiene nueve canciones-.

“Otro gran teatro del mundo” se encuadra en el cumpleaños de nuestro planeta, al que Calderón ha preparado una fiesta sorpresa en la que se representará una pieza teatral en su honor. Sin embargo, el mundo se encuentra enfermo y será una niña, de nombre Alma, quien dará un giro a la historia y ayudará a explicar cuál es su enfermedad.

Se trata de una obra divertidísima, que disfrutarán tanto niños como mayores. Es, probablemente, la mejor creación de esta compañía en cuanto a teatro infantil se refiere, y llevan unas cuantas. Cuentan además, por primera vez, con un decorado construido específicamente para este montaje, y un vestuario acertadísimo –el mundo/astronauta está especialmente conseguido-, lo que, por muy buena labor actoral que haya, añade atractivo visual para el espectador.

Sin embargo, la sorpresa principal con que nos encontramos fue la calidad de las canciones que van sucediéndose a lo largo de la obra, compuestas todas por Antonio Muñoz de Mesa. Resaltan la pieza que la abre, que no sólo es pegadiza –confirmado en primera persona-, sino que tiene una calidad mucho mayor a otras que copan las listas de ventas; y el hilarante tema del “piano” en el que Calderón explica a la niña las razones por las que hay que dejarse llevar y aguantar lo malo que pueda venir.

Los actores están espléndidos, sabiendo exagerar lo justo para que los pequeños entiendan mejor la historia y para que los mayores no pierdan la atención, y destacan las cualidades vocales de Celia Vergara y Víctor Ullate Roche en las canciones.

Se trata de un espectáculo tremendamente recomendable para que los padres lleven a sus hijos a ver algo distinto y muy entretenido, con su lado didáctico y su parte juguetona. Es, probablemente, lo mejor que hemos visto dentro del teatro infantil, y ojalá siga programándose no sólo las mañanas de los fines de semana, pues merece la pena.

Valoración: 4,5/5
“Otro gran teatro del mundo”, de Calderón de la Barca, versión de Antonio Muñoz de Mesa. Reparto: Antonio Muñoz de Mesa, Nines Hernández, Rosa Clara García, Víctor Ullate Roche, Celia Vergara, Victor Gil / Manuel Mata, Nuria Sánchez, Iván Villanueva. Dirección: Olga Margallo. Duración: 80 minutos.
Teatro Pavón, 30 de diciembre de 2012. 

jueves, 27 de diciembre de 2012

La anarquista



Tras pasar 35 años en la cárcel, una mujer acusada de asesinar a un policía se juega su liberación en una última entrevista con la funcionaria que debe informar sobre su caso. Es la premisa que presenta el último trabajo de David Mamet, estrenado simultáneamente en Broadway (dirigido por él mismo) y en la Sala Pequeña del Teatro Español. En Nueva York apenas ha durado dos semanas en cartel (17 funciones más las previas), a pesar de ser dos iconos con tirón las protagonistas: Patti LuPone y Debra Winger.

La función habla de dos personas completamente antagónicas. Cathy, una revolucionaria de los años sesenta; y Ann, la funcionaria que la interroga y cuya profesión ha convertido su primera vocación de servicio y ayuda en la completa certeza de que el arrepentimiento y la conversión no existen. La primera ha conseguido levantar un estatus y reconocimiento dentro de la cárcel; la segunda ha perdido su vida en la difícil misión de distinguir dónde termina el deber y comienza el poder y la invasión de intimidad ajena. Ambas están encerradas, pero en cárceles distintas.

De nuevo Mamet pone frente a frente a dos únicos personajes, esta vez en una conversación en tiempo real, cuyo género es irrelevante (podrían ser dos hombres o uno de cada género), y será la conversación el motor de la escena y la acción. El autor asegura que no se trata de un debate político. Por supuesto que lo es; de hecho, sirve como base para hilvanar la discusión de temas tan jugosos como el Estado, la religión, el sexo o la privacidad, entre muchos otros. Quizá Mamet lo mantenga para que el público no se haga una idea de su posicionamiento personal, pero lo político está más que presente a lo largo de toda la función.

Ambas posturas están muy bien presentadas, y el texto no pierde interés en ningún momento. A lo largo de la obra se van desgranando frases antológicas, de las que cuesta entender por completo más tiempo del que se nos permite y de las que surgirían debates ciertamente interesantes; nos queda el deseo incumplido de verla de nuevo para poder captarlas mejor. Un claro ejemplo, aplicable a tantas economías actuales es “El país agoniza en bancarrota, y sus hijos gandules se pelean por el testamento”.

Interpretativamente se trata de un espectáculo que demanda mucho. Ambas actrices responden con creces a las expectativas. A una estupenda Magüi Mira (quizá algo desconcentrada al inicio de la función), sobre la que recae el mayor peso, le da la réplica una perfecta Ana Wagener, quizás entre las mejores actrices que tenemos actualmente (tres días después de terminar “La Anarquista”, retomará “Málaga”, de Bärfuss). Es un tour-de-force difícil, de estar a flor de piel, y más si cabe debido a la curiosa forma de escribir de Mamet, con diálogos solapados y muy complicados de memorizar, pues vuelven constantemente sobre el mismo tema cuando el público menos lo espera.

Desconocemos cómo se presentaría la versión de Broadway, si bien es cierto que allí son mucho más estrictos; tras el primer día de estreno, ya se anunció su corta andadura. No es una obra larga, pero sí puede resultar algo ardua para espectadores poco asiduos al teatro. Dos únicos personajes, un solo decorado y una conversación que da que pensar, y mucho; si el público no se engancha desde el inicio, puede resultar muy tediosa. Aquí aplausos no faltaron, ni sobraron butacas; personalmente, fue un dulce.

Valoración: 4/5
“La anarquista”, de David Mamet. Reparto: Magüi Mira, Ana Wagener. Dirección: José Pascual. Duración: 70 minutos.
Teatro Español, Sala Pequeña, 27 de diciembre de 2012.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

No me hagas daño


Cuánto, y a la vez, qué poco se habla de la denominada “violencia de género”. Es un tema eterno, que siempre estuvo y siempre estará, que se tornó de candente actualidad hace unos años, y que vuelve a no interesar. Se ha convertido en algo habitual escuchar en los telediarios la muerte de otra mujer a manos de su pareja; ya no nos extraña. Paralelamente, se han escrito cientos de historias, dirigido mil y una películas y se ha intentado que el asunto recale en la sociedad. Por desgracia, siempre acabamos excusándonos en el socorrido “los trapos sucios de cada uno se solucionan en casa”.

“No me hagas daño” debería ser un montaje de obligado visionado para todo el mundo. Tiene sus más y sus menos, pero eso no significa que no pueda entenderse la historia ni el mensaje que trata de transmitir. No sólo se queda en lo que ya sabemos desde niños (“pegar es malo”); da un paso más allá e invita a la movilización, a que haga algo al respecto quien pueda hacerlo, quien se encuentre cerca de una situación así. No nos parece este blog un espacio de aleccionamiento para nadie y no entraremos más en materia, pero sí consideramos necesario comentarlo.

Es la historia de Luisa, un personaje imaginario y que resulta tan real, una mujer maltratada por un marido al que ama profundamente, una mujer con miedo y en soledad, sin ayuda. Él no responde al típico perfil del maltratador –si existe algo así-, sino que se trata de un aclamado profesor de universidad casado con una persona cuyos defectos le irritan profundamente.

En paralelo, tenemos a la hija de ambos, otra víctima que acaba por marcharse de casa cuando ya no es capaz de soportar que su madre no tramite una denuncia de una vez por todas; vemos también a un mediador familiar consciente de que gracias a su tratamiento el maltratador podrá verse libre de la cárcel; y a Charo, una joven latinoamericana aspirante a actriz, que cuando todo parece que ha terminado toma el testigo de Luisa, dando un comienzo distinto a la misma historia.

Nos resulta muy complicado criticar teatralmente una historia tan impactante, más aún cuando los personajes están tan sumamente llenos de emoción y cuando se lleva cada escena hasta un límite del que a los propios actores les cuesta recuperarse. Nos faltan palabras para describir el maravilloso y sobrecogedor trabajo de Maiken Beitia. Para preparar y retratar un personaje así no basta con quedarse sólo en la superficie, y eso se nota en que días después se nos siguen poniendo los pelos de punta. Sandra Ferrús ofrece un sobresaliente paralelismo a Luisa. Juntas son lo mejor del montaje.

El resto de interpretaciones, por desgracia, no están a la altura ni de la historia ni de las dos mujeres que ya hemos mencionado. El personaje de Paula no acaba de convencernos en sus maneras; nos recuerda peligrosamente a las niñas de las series para adolescentes que están tristes, pero enrabietadas, por causas tan trágicas como un suspenso o un sms del que no se recibe respuesta. No nos creemos que el personaje haya vivido todo lo que dicen. El maltratador sí está más conseguido, aunque la cansina entonación hace que sus monólogos resulten algo tediosos; acaba todas las frases en la misma nota, lo que resta melodía a unos pasajes muy bien escritos y que deberían ser mucho más cantados. Por último, al mediador familiar casi ni éramos capaces de entenderlo, aunque interpretativamente no estuviese mal enfocado.

Entendemos, que no excusamos, que la obra se presentó en la Sala Pequeña del Teatro Español, una maravilla de espacio en la que el público se sitúa a ambos lados del escenario, a veces a menos de un metro de los propios actores. Esto hace que cuando salen de gira (y eso que el Gayarre es de los pequeños) mantengan la tónica del antes suficiente susurro y los espectadores no sean capaces de escucharles ni desde la décima fila.

La historia está escrita con apabullante sensibilidad, y lo único que echamos en falta es un comienzo más calmado, no entrar tan rápido en materia. Al público no le da tiempo a reaccionar y para cuando consigue situarse en la trama, se ha contado demasiado. Tiene aun así un grueso y distintivo punto a su favor: el maltratador, como reseñábamos antes, responde a un perfil distinto al imaginado por una persona corriente, y el autor le ha aportado cierta humanidad que no vemos en otras historias sobre el mismo tema; podría enriquecerse aún más el personaje, aunque entendemos que a la hora de escribir, es muy complicado dotar de humanidad a un maltratador.

Por supuesto, no haría falta reseñar, pero lo hacemos, el sobresaliente acierto de centrar la obra en los actores y sus interpretaciones, con sólo dos sillas como decorado, sin jugar apenas con las luces ni sonido. Pensamos que tampoco sería lógico representarla de otra manera; y nos aventuramos a afirmar que resultaría incluso irrespetuoso. Genial el baile final con el necesario mensaje.

Desconocemos si seguirá de gira por mucho tiempo, o si su parada en Pamplona se debía a la procedencia de su protagonista; si se acerca a su ciudad, por favor, llenen el teatro y reflexionen. La historia lo merece, y se puede hacer mucho más de lo que parece al respecto.

Valoración: 3,5/5
“No me hagas daño”, de Rafael Herrero. Reparto: Maiken Beitia, Alfonso Torregrosa, Olaia Gil, Sandra Ferrús, Isidoro Fernández. Dirección: Fernando Bernués. Duración: 95 minutos.
Teatro Gayarre, 26 de noviembre de 2012.

viernes, 30 de noviembre de 2012

De ratones y hombres


Hace unos días pudimos ver una de las últimas creaciones de Miguel del Arco, “De ratones y hombres”. Del Arco ya se ha convertido en uno de los directores por excelencia de nuestra escena; algunos lo llaman Rey Midas sin poco acierto, pues tras “La función por hacer”, “Veraneantes”, “Juicio a una zorra” y “El inspector”, entre otras, saca de gira este Steinbeck por toda España para dejar constancia de que todavía hay mucho que decir y, sobre todo, muchas formas de hacerlo. Esperamos con impaciencia “Deseo”, su nueva creación.

Para quien no conozca la trama, “De ratones y hombres” es una historia estremecedora con un final terrible. Cuenta las andaduras de George y Lennie, dos trabajadores de campo itinerantes, casi esclavos. El primero, no queda claro si por relaciones familiares, morales o de amistad, cuida del segundo, retrasado mental. Siempre han de estar escapando de las granjas debido a las meteduras de pata de Lennie, hasta que caen en una en la que podrán ver hechos realidad sus sueños de ganar dinero y comprar una casa… o no. En la granja se encontrarán con diversos personajes de igual o menor suerte, todos infelices pero sin perder de vista los sueños que nunca serán capaces de cumplir.

La obra se enmarca en el período de la Gran Depresión americana. Quizá por eso este drama social sea tan reconocible en el contexto actual, artífice de pobreza y exclusión de miles de personas. Es probable que ésta no sea la mejor obra de Steinbeck ni la que mejor representa las diferencias casi dictatoriales empresario-obrero de antaño; de hecho aquí el levantamiento y paralela impotencia del trabajador sólo se representa por la fuerza bruta de un disminuido mental, y eso pasa muy desapercibido para el espectador. Lo claro es que se trata de un cuento de marginados: sobre todo tres personajes ansían la compañía de otros sin poder tenerla. Son, coloquialmente hablando, “el negro” (Crooks), “la mujer” (la esposa de Curley; no tiene ni nombre), y “el subnormal” (Lennie).

Dejando a un lado por un momento este fabuloso montaje, es curioso ver cómo en esta temporada teatral se están presentando montajes quizá menos atractivos para el público asiduo, en principio, pero cada vez más necesarios y concienciados con su tiempo, en la medida en que retratan con historias ya por todos conocidas las fases que la sociedad va transitando. Podemos observar con asombro entonces la genialidad de los antiguos escritores y la vigencia de sus obras cientos, o incluso miles de años después.

Así como hay montajes en los que el poder actoral prima sobre el resto, en este cobra especial importancia la parte técnica, decorado, escenografía, luz, sonido… Es todo un espectáculo visual más que una obra de teatro. Las transiciones entre escenas son bellísimas de ver por lo casi cinematográfico que poseen. Muy acertado el uso de cintas de correr, así como la doble apariencia que cobra el mismo decorado entre el comienzo y la segunda escena. Quizá sea el sonido el único aspecto que estorba en ciertos momentos por su volumen.

Las interpretaciones no son peores por llamar en conjunto menos la atención. Cada personaje está perfectamente estudiado, ejecutado y enmarcado en su situación. Cayo y Álamo regalan un tándem de excepción; no podía ser de otra manera conociendo sus anteriores trabajos. Quizá entre el público llame más la atención la interpretación del disminuido Lennie, al que Álamo llena de humanidad sin caricaturizar en absoluto, pero es George el que para nosotros está mejor encajado; es el verdadero protagonista de la historia y el que nos parece más complicado de representar. Alude a una naturalidad aplastante y una actualidad en sus expresiones y maneras de modo que la historia sea más reconocible para el público. Lo consigue con sobresaliente.

El resto (Buale, la siempre estupenda Escolar, Canal…) están soberbios. Como pequeña objeción, ralentizaríamos un poco la primera conversación de Canal, de tanta importancia para la historia; el montaje es largo pero en absoluto aburriría si se diera más calma a esa escena.

Sigue de gira; corran a verlo.

Valoración: 4/5
“De ratones y hombres”, de John Steinbeck. Reparto: Fernando Cayo, Roberto Álamo, Antonio Canal, Irene Escolar, Eduardo Velasco, Diego Toucedo, Alberto Iglesias, Emilio Buale, Josean Bengoetxea, Rafael Martín. Dirección: Miguel del Arco. Duración: 130 minutos.
Teatro Gayarre, 9 de noviembre de 2012.

jueves, 25 de octubre de 2012

Follies



Aunque con retraso debemos hablar de uno de los montajes estrella de la pasada temporada. Se trata, nada menos, que de “Follies”, musical escrito por el gigante Stephen Sondheim. Tuvimos la enorme suerte de poder asistir a su última función en el emblemático Teatro Español de Madrid, coincidiendo con el también último día de Mario Gas como director general de este espacio (además de serlo del fabuloso montaje).

Conviene detenernos en Gas, antes de comenzar a desgranar esta particular joya. Pocos directores (quizá ninguno), de teatros públicos o privados y de escena han hecho tanto por el mundo del espectáculo de este país como Mario Gas. En los ocho años que ha estado al frente del Español no sólo ha creado una de las mejores programaciones de toda la red de escena (objetivamente hablando), sino que ha sido el precursor de la apertura de dos nuevas salas en el Matadero, donde hay cabida para montajes de mayor envergadura. Sus propuestas, siempre arriesgadas, prácticamente siempre acertadas, han demostrado que al frente de instituciones públicas han de situarse personas sabias, con experiencia y ganas de trabajar. Sólo queremos, desde este humilde espacio, agradecerle su labor profesional tanto como se hizo en esa calurosa despedida que le regaló el público de Madrid al terminar la función que nos trata.

“Follies” habla de una reunión, que da lugar en un teatro ya ruinoso de Broadway visto para su demolición al día siguiente, de un grupo de personas que trabajó en él hace muchos años atrás. La historia se centra en dos parejas, Buddy y Sally, y Benjamin y Phyllis. Ellas fueron chicas de variedades en ese teatro, y ellos los galanes que iban a buscarlas a la salida. Ambas parejas se encuentran completamente infelices con su matrimonio; Buddy, vendedor, tiene una amante; Sally sigue enamorada de Benjamin tras todos estos años; éste se ha convertido en un hombre absorbido por su propio éxito; y Phyllis se encuentra emocionalmente abandonada.

Lleno de canciones que ya se han convertido en clásicos dentro del género, “Follies” no es un musical al uso, en el que los temas sirven para apoyar la escena de turno, sino que las propias melodías suman acción al montaje y hacen que continúe la historia. Otra de las diferencias recae en que el género del teatro musical, con todos los respetos (somos muy asiduos a él), suele centrarse en temáticas muy simples, y se sustentan principalmente por el acierto al escoger la lista de canciones a interpretar. Prueba de ello son “Grease”, “Fiebre del sábado noche”, “40”, etc., que sin mostrar historias de contenido que podamos denominar “profundo”, tienen su público y un éxito abrumador.

“Follies” es una historia sobre el amor, la decadencia, la vejez, la ilusión de un recuerdo, la pérdida de la pasión, la erosión que produce el tiempo en las relaciones, y muchos otros aspectos de los que se ríe y por los que sus personajes sufren casi a gritos. Es Sondheim un gran observador y entendedor de la personalidad y comportamiento humanos, lo que refleja a la perfección en sus creaciones; puede que su visión sea peculiarmente oscura, pero nadie puede afirmar que sea la incorrecta. Si a eso sumamos su habilidad para componer música tan bella y compleja, está claro que hablamos de un espectáculo que entretendrá hasta a quien no busque más que pasar un buen rato y no quiera darle vueltas a temas más arduos (siendo esto igual de respetable, claro).

Un enorme y excelente reparto de artistas, de larguísima trayectoria todos, encandiló al personal desde el momento en el que comenzaron a desfilar las “Beautiful girls”. Pep Molina (actualmente de gira con “Subprime”) construye un notable Buddy, todavía enamorado de la infeliz Sally, soberbia Muntsa Rius, con las mejores cualidades vocales del cuarteto protagonista. Vicky Peña (pronto en “El diccionario”) crea una arrebatadora Phyllis, sabiendo sacar todo lo que el personaje esconde, sin necesidad de poseer una memorable voz. Dejó claro que el secreto está en ponerse al servicio del personaje; su rendición del clásico “Could I leave you?” se nos quedará grabada por mucho tiempo. Aunque la sorpresa vino de mano del excelente Carlos Hipólito (actualmente en “Sonrisas y lágrimas”), un grato descubrimiento como cantante, nueva cualidad a la que aplicó sus de sobra conocidas dicción y claridad. A destacar ese momento bajando las escaleras casi al final, como cierre del medley “Loveland”; nunca habíamos visto tanta galantería descendiendo tantísimos escalones sin siquiera mirarlos.

Además, una inmensa Massiel desgrana el mítico “I’m still here”, con una pasión interpretativa casi descontrolada pocas veces vista, haciendo una clara alusión a su propia vida. Deliciosos los 86 años de Asunción Balaguer (pronto en la Pequeña del Español con un monólogo autobiográfico) en su “Broadway baby”, y reseñables también las exponenciales Teresa Villacrosa y Carmen Conesa.

Las dos parejas jóvenes también demuestran su buen hacer y el gran trabajo actoral que supone el haber encontrado tantas similitudes con sus correspondientes “mayores”, lo que deja entrever todo lo que puede conseguirse con un buen director detrás que guíe con su batuta al cuerpo actoral. Perfecto, como siempre, Ángel Ruiz.

El no poco reparto restante está también a la altura de la ocasión, así como el fabuloso cuerpo de baile, de una sincronización apabullante. La orquesta Manuel Gas, por otra parte, dirigida por el maestro Pep Pladellorens, desgrana los temas instrumentales (y el resto) con una precisión que supera con creces todas las grabaciones de las que queramos empaparnos. La obertura es sencillamente exquisita.

Por último, la traducción de las letras, a cargo de Roser Batalla y Roger Peña, está muy conseguida. Es toda una hazaña lograr convencer a fanáticos de las versiones originales (nos incluimos) de que la pureza de las letras no decaerá al realizar en ellas un trasvase de idiomas. A pesar de nuestro gran escepticismo inicial, lo confesamos, quedamos extremadamente sorprendidos por la calidad en este aspecto.

Esperamos que, ya que su andadura no fue extremadamente larga a pesar de que tras un parón regresara al Español y pudiéramos verlo en su segunda etapa, un nuevo equipo vuelva a montar un “Follies” pronto y gire por España, para que todo el mundo pueda disfrutar de la maravillosa música de Sondheim y el recorrido emocional por el que hace transitar a sus personajes y al público.

Valoración: 5/5
“Follies”, de Stephen Sodheim y Goldman. Reparto: Carlos Hipólito, Vicky Peña, Muntsa Rius, Pep Molina, Asunción Balaguer, Massiel, Teresa Vallicrosa, Carmen Conesa, Linda Miraval, Marta Capel, Diego Rodríguez, Julia Möller, Ángel Ruiz, Joana Estebanell, Mamen García, Lorenzo Valverde, Josep Ruiz, Mario Gas, Nelson Toledo, María Cirici, Marisa Gerardi, Antonio Villa, y ensemble. Dirección musical: Pep Pladellorens. Dirección: Mario Gas. Duración: 165 minutos más intermedio.
Teatro Español, 21 de julio de 2012.